Feliz no felicitación

Música de hoy: Zaz – Je veux

Ayer fue mi cumpleaños. Debo confesar que fue uno bastante atípico, gracias a una decisión que tomé hace algo menos de un año: borrar mi fecha de nacimiento de Facebook.

Y es que durante los últimos años había acabado abrumada por felicitaciones y buenos deseos durante un solo día, y me sentía casi obligada a tener que contestar, de manera personalizada y con urgencia, uno por uno para no parecer grosera. Y cuando te das cuenta de que eso es lo que quieren “los de arriba” de las redes sociales, entonces te cambia la perspectiva; te percatas de cómo algo tan inocuo, tan aparentemente inocente como es ayudar a que todos tus contactos recuerden tu cumpleaños y te puedan felicitar -y de paso aumentar tu ego personal por el gran número de felicitaciones recibidas-, es algo que, llanamente, ayuda en el proceso de controlarnos, manipularnos, adoctrinarnos y que pasemos el mayor tiempo posible a su merced, consumiendo la información, el ocio y las ideas que quieren que consumamos.

Como dice Tristan Harris en su charla TED sobre los manipuladores trucos que las compañías tecnológicas usan para captar nuestra atención, los vídeos ya directamente se activan sin que tengamos que pulsar el play; la indignación sirve también para servir la polémica en bandeja -y, añado, lanzarnos unos contra otros a opinar en muchos casos sin respeto alguno, amparados en la identidad digital creada en nuestras pantallas, como si de un circo romano se tratara-.

Volviendo al cumpleaños: Recibí las felicitaciones de mi familia y amigos más cercanos, una quincena de personas, aproximadamente, y al día siguiente de aquellos a los que se les pasó la fecha (y los entiendo perfectamente porque yo siempre he sido un desastre con los cumpleaños, así que nunca me ha molestado), que hacían una decena más.

No; ya no recibí cien felicitaciones por Facebook. De hecho no recibí ninguna a través de esa red, sólo la de un gran amigo que me felicitó por mensaje privado, porque es de la opinión, como yo, de que prefiere ser felicitado por dos personas de corazón, que por cien a modo de tarjeta preparada.

En definitiva: los que se acuerdan se acuerdan siempre, los que sabes que te quieren y no se han acordado también están contigo ese día a su manera, y los que ni se acuerdan ni les importa un pimiento, ¿por qué te van a tener que felicitar por Facebook?

Hoy íbamos a comer con unos familiares que están en la ciudad de visita y al final del día mi niña me decía (preparando la nota diaria para su bote de la felicidad) que lo que más le había gustado había sido mi “fiesta de cumpleaños”. He tenido que explicarle que no; que porque hubiera más gente no era ese mi cumpleaños, que mi celebración había sido ayer, con mi marido y con ella, comiendo fuera a una temperatura ideal y en una terraza a cinco metros del mar, y cogiendo la lancha que cruza la bahía para, simplemente, disfrutar de su compañía y del sol dando un paseo por la arena, chapoteando por la orilla, siguiendo las huellas de los quads, recogiendo conchas y haciéndonos fotos sin prisas y sin felicitaciones de Facebook cada dos minutos. Tiempo de calidad en estado puro. Espero que lo haya entendido: que para una celebración -de cumpleaños en este caso- no tiene siquiera que haber tarta, velas, globos, guirnaldas o invitados, sino hacer de tu día uno muy especial por la razón que tú desees y con las pequeñas cosas que te hagan feliz.

En un mundo donde lo material se impone, quiero transmitir a mi niña con el ejemplo el valor de la libertad de no depender de las cosas, las apariencias o lo establecido, de este escaparatismo en el que se ha convertido la vida, sino de obrar de forma genuina y valorar lo ínfimo y lo más profundo.

(Y por favor, sin ánimo de ofender a nadie de los que me felicitaban otros años, porque soy consciente de que lo hacían, igual que yo, con la mejor de las intenciones).

Parodiando al sombrerero loco de Alicia y su “Feliz no cumpleaños”: Deseo a todos “Feliz no felicitación”. Yo lo he probado y ya me he enganchado.

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