Pienso volver a mi ático

Música de hoy: Cardigans – My favourite game

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El otro día un post de Carlos del Río sobre escritura me llevó a recordar a la Laura de mis 13 años: por aquel entonces, unas amigas me pasaron los libros de la saga Dollanganger, de V.C. Andrews.

Y me pasaba las noches leyendo en la cama aquellos libros que me llegaban a enganchar hasta las tres de la mañana, con un ansia atroz por llegar al final y saber qué les pasaba a aquellos niños encerrados, aquellas Flores en el ático, para lo que tenía que leerme la segunda parte (Pétalos al viento), Si hubiera espinas, Semillas del Ayer y Jardín Sombrío.

Lo confieso: a mis 13 años me pasaba las noches enganchada a los libros de V.C. Andrews 

Por aquel entonces tenía una cama abatible en un pequeño cuarto en el que, una vez bajabas la cama, no cabía nada más en la habitación. Era una especie de universo interior, cálido y cómodo, que me envolvía en aquellos maratones de lectura subversiva: primero, lo de leer “novela” no sabía cómo se lo iba a tomar mi madre. Me decía que aquellos no eran libros para niños (y yo pensaba para mí: ¿y cuándo se deja de ser niño? ¿Con 13 años sigo siendo una niña?). Lo que ella no sabía era que yo me leí la mayoría de novelas de Círculo de Lectores que tenía en casa -no sé si regaladas o compradas, o fifty-fifty, pero varias estanterías, y que ella por desgracia nunca tuvo tiempo de leer-.

Pero es que ya estas novelas góticas, las de la tal V.C. Andrews, se las traían – todo muy melodramático, muy folletín-. Así que mis carreras de lectura nocturna tenían además el aliciente del morbo, de lo prohibido, de lo secreto, y de lo compartido sólo con mis otras ávidas lectoras y amigas Aisha y Ana R.

Qué recuerdos cuando a las tantas mi madre me sobresaltaba, entrando en mi cuarto medio dormida y haciendo que la bronca me obligara a alejar la vista de aquellas líneas que me hacían sentir que había caído en un agujero negro de aventuras y desventuras, de dramas, pasiones, amores…

No tendrían calidad literaria, pero ahora, echando la vista atrás, ya me gustaría a mí escribir folletines tan bien enlazados, y que me quitaran lo “bailao”. Creo que más que anhelar un Nobel de Literatura, algo nada desdeñable, lo que más me gustaría sería escribir para que la gente pueda engancharse a la lectura dejando de lado otros temas que nos controlan más.

Qué maravilla: La droga más sana, la de la lectura.

Ojalá cuando mi hija tenga trece años, también la sorprenda enganchada a libros que despierten en ella el ansia por uno de los regalos más grandes que tenemos los humanos: el vivir, a través de las palabras de auténticos desconocidos, pasajes, aventuras y sentimientos que de otra forma nunca experimentaríamos.

Me da igual si hay libros mucho mejores aún por leer, el pensar en aquella avidez de continuidad me ha dejado con un intolerable apetito: el cuerpo me pide volver a leer aquella saga y dejarme guiar por lo que me provoque esa segunda lectura.

Otro día hablaré de Wuthering Heights o Cumbres Borrascosas, una de mis novelas favoritas desde la adolescencia. Muy romántica y muy gótica. Una joya.

Laura

Foto: Annie Spratt

 

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