Escuchar desde el anonimato

Música de hoy: Pink “What about us”

No me considero una persona súper inteligente, pero reconozco que mi capacidad para observar las reacciones de la gente, sus expresiones y lenguaje corporal, es una especie de sexto sentido que no me suele fallar.

Hoy iba, como cada mañana durante los últimos días, en el autobús de camino al trabajo.  Salía un rato antes y aún era de noche.  Me había dejado los cascos en casa y no iba concentrada en nada, más bien en modo autómata -cosa que no suelo hacer nunca-, cuando de repente, al detenernos en una parada, vislumbré un rostro conocido.

Salí de mi ensimismamiento y vi que era una niña, de unos ¿10 años? (se me da fatal calcular edades) que conocía de vista porque me la solía encontrar de camino a mi anterior trabajo muchas mañanas. Vi de nuevo su forma de andar, su peinado y su cara redondita y sonrosada, y cuando el autobús echó a andar otra vez, distinguí una mochila a su espalda, posada sobre un uniforme diferente.

Me quedé confundida durante un momento, porque yo la solía ver caminando y ahora estaba en la parada del bus, a una hora mucho más temprana, en una calle por la que antes no pasaba y con la insignia de otro colegio.

Recordé cómo, decenas de veces el año pasado, me había cruzado por la acera con esa cara redonda, sonrosada y triste, y también cómo un par de veces la había visto llorar yendo con una compañera. Después de aquello nada volvió a ser lo mismo: cada vez que nos pasábamos de largo por aquel mismo tramo de acera a la hora habitual, se me hacía difícil pensar en ella como una niña, pues realmente me daba la sensación de que cargaba con mucho más que el peso de la mochila sobre sus hombros de colegiala.

Fue hoy cuando me arrepentí, de alguna manera, de no haberla parado nunca en uno de aquellos trayectos, de haberle preguntado “¿qué te pasaba el otro día que te vi llorando? o un simple “¿necesitas ayuda? ¿tienes problemas en el colegio o en casa?”.

Temía asustarla, pero ahora pienso que ésta era una excusa bastante tonta. En realidad, quizás  tenía miedo de que pensara que yo era una persona algo rara, o de que se planteara por qué me había fijado en ella – su cara triste no reparaba en los extraños del trayecto y yo siempre iba con prisas-.

Pensé desde la visión de adulto. Gran error. Yo dándomelas de persona empática y había fracasado rotundamente. No fui capaz de salir del caparazón que llevamos puesto hoy en día y que prefiere autocomplacerse pensando “seguro que es imaginación mía y no le pasa nada grave realmente” que asumir que pueda haber un problema y pasar a la acción, acercarse, preguntar, transmitir confianza y preocupación, y demostrar que aunque piense que está sola, no lo está porque hay gente buena en el mundo que a pesar de no conocerla se preocupa por ella.

Siempre he dicho, desde mi visión y mi breve experiencia hace muchos años como profesora, que los niños que sufren problemas, ya sea en casa o en el cole, transmiten una tristeza en la mirada que es imposible pasar por alto.

En aquella época era joven e inexperta, pero muy observadora, y mis hipótesis desgraciadamente fueron acertadas en algún caso.

Por eso siempre he dicho que un profesor con un mínimo de preocupación, que conoce y se involucra con todos sus alumnos, intuye cuándo a alguno de ellos le pasa algo o está pasando por una situación complicada.

El problema no es no detectar el bullying. El problema es el miedo a que la sospecha se confirme. El miedo a no saber cómo manejarlo. El maldito miedo que nos atenaza.

Reflexionando sobre todo esto, ya sé cómo voy a reaccionar si la próxima vez me encuentro con otro caso así. Y te invito a que, en una situación similar, hagas estas tres cosas:

  • Observar: estar receptivos, ir con los ojos muy abiertos para poder detectar – sin precipitarse pero sin posponerlo demasiado-.
  • Preguntar ofreciendo confianza: no tener miedo a preguntar. Recordar que los niños son sorprendentemente francos, más de lo que nosotros pensamos.
  • Apoyar: hacerles saber que les pueden ayudar, y que hay más opciones, que hay salidas a la situación por la que están pasando.

A los adultos también nos pasa mucho: a menudo nos abrimos más con una persona que no conocemos de nada porque todo es más fácil: no hay prejuicios, ni expectativas, ni conocen cómo somos. Quizás justo ése sea el quid de la cuestión: escuchar desde el anonimato.

Los niños tienen que crecer confiando en que el mundo es un sitio bueno, donde se pueden desarrollar sin peligro, y saber que hay gente, incluso desconocida, que se preocupa por ellos y que puede ayudarla.

(Foto: Caroline Hernandez en Unsplash)

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