La música que escuchábamos

Música de hoy: María Dolores Pradera – La hija de Don Juan Alba (ver abajo)

Hace mucho que no escribía; han pasado seis meses. Y no me faltan las ganas; pero sí el tiempo y la energía, y en cambio me sobran los deberes y las preocupaciones. Pero hoy, a pesar de que sigo igual, he hecho una excepción.

Sonará raro que alguien a quien ni siquiera conocía personalmente me haya hecho retomar el blog para rendirle homenaje, para llegar a una reflexión más general, pero paciencia; ahora se entenderá el porqué.

Esta misma mañana conocíamos que nos había dejado María Dolores Pradera. “¿María Dolores qué?” A los jóvenes de menos de 30 años ni les sonará; a los mayores de 30 algo les puede sonar, pero ella ya era una “señora mayor” cuando la escuchaba de pequeña y “no se estilaba” entre los de mi edad.

Con el paso de los años he sido consciente de que “La Pradera” ha sido todo un modelo en la iconografía de mi infancia.  La conocí gracias a un radio cassette: Un radio cassette en el que me encantaba encontrar en el dial AM las emisoras francesas y comprobar con mi tía y mi madre si había entendido alguna palabra entre aquel francés nublado y lleno de ruido que anunciaba las noticias a vertiginoso ritmo.

En él metía aquellas cintas cassette que trajo mi querida y ya difunta tía, mi segunda madre, tras sus doce años de emigrante en Francia: cintas de la década anterior que me escuchaba “de pe a pa” en aquel reproductor de una pletina cargado de historia gala.

Pues bien, entre aquella colección de cintas de mi tía Manuela dos eran mis preferidas: la de Richard Clayderman (todo un clásico, ¿eh? – el piano, siempre el piano) y la de María Dolores Pradera.

Una totalmente instrumental y la otra llenita de historias bien tramadas, muy melancólicas, casi siempre de desamor, desencuentros, despedidas, novias que se metían a monja, lagartos que lloraban, rancheras sobre borracheras para matar las penas, cariños malos e infieles… Y todas tenían algo en común: personalidad, carácter y una voz grave más grande que la copa de un pino que las llenaba de elegancia y las aterciopelaba en mis oídos como si fueran nanas. Me las acabé aprendiendo y con seis y siete años las cantaba por la casa (se llegó a rayar la cinta).

A la Pradera en mi casa la veíamos actuar en la tele casi con devoción: qué elegancia, qué templanza, qué voz, qué fragilidad y a la vez cuánta fuerza.  Hasta que dejó de salir tan asiduamente. Me siento orgullosa de haber ido a uno de sus conciertos en Santander, hace ya muchos años, en los que ya muy mayor, seguía sonando y cantando como los ángeles.

Me ha dado mucha pena su fallecimiento, no solo por el carácter de sus letras,  el ser auténtica a pesar de “no estilarse” (tengo que confesar que internamente yo también disfruto siendo un tanto anacrónica), ni por su versión de “Toda una vida”, la canción que elegí para abrir el primer baile en mi boda, sino más aún porque me recuerda a esa mi segunda madre, que fue quien me la dio a conocer sin darse cuenta, y a quien agradezco tantas y tantas cosas, como inculcarme el respeto propio de otra época, la educación, los valores y los buenos modales que ahora tanto añoro en el día a día.

Y llego a la conclusión de que lo que escuchamos de niños nos forma hasta límites insospechados: tener el oído ejercitado con muy diferentes estilos se me antoja una necesidad primordial, un bien muy necesario para nuestros hijos.  

Si a los niños de hoy en día se les diera la oportunidad de escuchar música como la de María Dolores Pradera en vez de reggaeton, estoy segura de que otro gallo cantaría.

Espero que esas dos grandes damas en mi vida, ambas de fina estampa, se encuentren hoy y se saluden allá donde estén.

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7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Fernando dice:

    Gracias, Ladywriter.

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    1. De nada, Fernando. Gracias a ti por comentar. Este blog no trata de nada en concreto, solo pretende dar salida a tantas cosas que lleva una dentro… Me gustaría tener más tiempo para escribir, pero la vida es así. Un abrazo y hasta pronto, Laura

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  2. Muy bien. No sabía yo esos secretos de familia. Gracias. Antonio

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    1. Tú por aquel entonces estabas en África, como para hilar tan fino desde allí… 😉 Un beso

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