Paulov y el buzón

Música de hoy: Héroes del Silencio “La Carta”

¿Te acuerdas de cuando se escribían cartas, esa época que ahora mismo nos suena tan remotamente lejana en el tiempo que ya ni nos acordamos?

Escritora de cartas desde que tengo uso de razón, se lo tengo que agradecer a mi prima lejana Inés, que vive en Orense y solo venía, con suerte, una vez al año a Santander, en verano. Ella tenía una letra monísima y me enviaba auténticos testamentos de cartas a las que yo respondía con la ansiedad de querer saber de ella a vuelta de correo.

También estuve durante un tiempo carteándome con una chica de Canarias que veraneaba en Santander, hablábamos de música y me descubrió a Silvio Rodríguez y a Aute.

Pero si tengo un recuerdo maravilloso de aquella época de folios escritos a mano y encerrados en un sobre, es de alguien con quien me estuve escribiendo mucho tiempo.

Para ello tengo que trasladar la memoria a uno de mis infinitos viajes estudiantiles en bus Salamanca – Santander: No había móviles, por supuesto, y con un itinerario tan largo nunca tenía pila suficiente para ir escuchando walkman todo el camino, las películas de vídeo de Alsa eran soporíferas y siempre las mismas, y para colmo me mareaba leyendo así que… qué otra cosa me quedaba que cruzar los dedos para que me tocara un buen conversador/a en el asiento contiguo.

Pues bien, en uno de esos viajes entabló conversación conmigo un chico que se sentó a mi lado en Valladolid. Y así nos pasamos 4 horas seguidas hablando y riendo sin parar. Pasó de ser un desconocido a ser un amigo y, a toro pasado, confieso que pasé mi primer año de carrera coladita por él en la distancia. Aún conservo esas y muchas otras cartas de amigos en una caja atiborrada que guardo con cariño y que me encanta sacar para releer cada x años.

Y es que la carta tenía algo de secreto, de prohibido, de infantil y de adulto a la vez.

Tiempo más tarde, estuve escribiéndome con quien es ahora mi marido, y he podido comprobar cuánta información aporta una carta sobre quien la envía: Es todo un perfil psicológico, anímico, de concepto de uno mismo y de los demás, de miedos, de sueños y expectativas, de intenciones y preguntas subyacentes…

Bendito subtexto.  Qué gran rompecabezas. Entrabas en bucle leyendo y releyendo una frase. ¡Eso era un análisis literario y no lo que hacía yo en Filología!

Volviendo al tema, a mis 18, sin móvil, y con el correo de Yahoo aún sin haberse extendido ampliamente entre nosotros, novatos universitarios, la única forma de contactar con alguien que te hubiera molado era la carta o el teléfono fijo, y el teléfono no era una opción, porque podían contestar padres curiosos, con el consiguiente corte y sonrojo.  Así que para cualquier comunicación privada y sensible la carta era el método preferido.

Recuerdo cómo escribir cartas para mí era una afición como lo es cualquier hobby que se precie hoy en día: Ponía la música de turno -siempre acorde con mi estado de ánimo- y el folio empezaba a llenarse de garabatos que intentaban tener sentido.

El primer párrafo siempre costaba un poco y salía en una letra perfecta, pero luego cuando cogía carrerilla y se me iban amontonando los temas y demás anécdotas, las ideas fluían y la tinta también, dejando atrás la buena letra, porque los pensamientos iban más rápido que la mano.

Cartas en la literatura

Además, ahora que lo pienso, siempre me gustó la literatura epistolar, aquellos libros que contenían cartas… También los que tenían parte de diario.  Para mí era como acceder a un gran secreto mirando por el ojo de la cerradura, y recuerdo especialmente que me gustaron Cartas a un joven poeta de Reiner Maria Rilke, La dama de blanco de Wilkie Collins, el Werther de Goethe, Frankenstein de Mary W. Shelley, las cartas que recibía Sherlock Holmes de Conan Doyle y hasta los mensajes escritos que se enviaban Newland Archer y Ellen Ollenska en La edad de la inocencia

¿Y ahora?

Confieso que la tecnología y el ritmo de vida me han hecho una persona mucho más práctica, pero ahora que todas las comunicaciones se hacen por email y por redes sociales, por Whatsapp o Skype, me apena que no dejemos sitio ya a la magia de recibir un sobre en un buzón escrito de puño y letra (de hecho el buzón es ahora tristemente asociado con publicidad y facturas).

Me entristece que los niños de hoy en día ignoren las preciosas palabras que se pueden enviar por correo. Lo sé, soy una nostálgica de las cartas.

Este verano la Fundación Santander Creativa trajo una instalación a Santander llamada “You are welcome” de Amanda Pola con fotos de Caterina Pérez, que, plantando varios escritorios ataviados con artículos de papelería como el de la imagen, y con una colección de fotos de puntos menos “glamourosos” de la ciudad de Santander, pretendía que “los locales” dieran a conocer con cariño a los turistas esas zonas de la ciudad menos transitadas y les enviaran a totales desconocidos un bonito mensaje de bienvenida. A su vez, nosotros como lugareños, escogeríamos una foto/postal que nos gustara y que deseáramos recibir en casa, y la artista nos la enviaría a nuestro domicilio.

Esto fue en agosto y ha sido ayer, justo cuando habíamos perdido toda esperanza de recibirla, que encontramos el sobre con la postal que habíamos elegido en el buzón, con este maravilloso mensaje de una pareja de desconocidos:

Postal You are Welcome - Santander
Postal #YAW - Santander

Gracias por esa ilusión y cariño puesta a alguien a quien no conocíais.

Confesaré que esta postal ha hecho brotar de nuevo mi ansiedad de querer encontrar cartas escritas de puño y letra en el buzón.

Y si es cuestión de confesar, confesaré.

Tengo una manía que ahora creo que viene de mi época de escribir cartas: y es que abro el buzón todos los días del año, ya sea sábado, domingo o fiesta de guardar.

Porque hay costumbres que jamás se pierden ni se quieren perder. Aunque suene a perro de Paulov.

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