Este año no quiero Reyes

Música de hoy: A. Corelli – Concerto Grosso Op. 6 Nº 8

No, no le he copiado el tema de la canción navideña a Mariah Carey.

Este año no quiero ningún regalo.

No hay quien se lo crea, ¿verdad? Pues lo digo en serio; el año pasado ya se me pasó por la cabeza, pero es que este año estoy tan saturada con el tema regalos, consumismo, número infinito de regalos de reyes para la niña… Me revientan las aglomeraciones de gente con bolsitas…

En general, me revienta bastante todo en lo que se ha convertido la tradición navideña.

En general, me revienta bastante todo aquello en lo que se ha convertido la tradición navideña: una vez más, algo positivo, bonito y entrañable se convierte en mercadeo barato y apariencias por la ley de la tontería humana aliada con el marketing. Y resulta que la gente que menos cree en ello es quien “más” lo celebra a bombo y platillo. Cuando en realidad la Navidad es un estado de ánimo interior que se debería reflejar en el exterior, en nuestro comportamiento hacia los demás, nuestra solidaridad, nuestras ganas de pasar tiempo con la gente…


Y me da pena que se desvirtúen las cosas, que se pierda la esencia, que triunfe lo material sobre lo espiritual.

Volviendo al tema regalos, es que NO NECESITO NADA; solo tiempo para estar con quien yo quiero. Voy a hacer un repaso:

¿Ropa?

Vaaale, sí, puede que eso sí necesite (mi armario ropero necesita una actualización desde hace tiempo, pero mi problema es que no encuentro ropa que me guste – debe de ser que me acerco vertiginosamente a la línea de los 40 y me veo en tierra de nadie, ni muy joven ni muy mayor – de esto ya hablaré en otro post, lo prometo, os vais a reír-). No tengo tiempo de ir a ver tiendas. Es más, me horripila ir de tiendas: tener que probarme, hacer cola en los probadores y en las cajas. Coñazo.

¿Joyas?

Tengo demasiadas y pocas ocasiones de ponérmelas – cada vez voy a menos sitios.

¿Cremas, ungüentos y demás jaleos olorosos?

Me duran mil años porque no los uso tanto y se me acaban acumulando hasta que caducan.

¿Cuadernos y libretas monas?

Ya tengo, gracias, y lo que quiero es tiempo para poder escribir en ellos. De nuevo tiempo.

¿Libros?

Idem de lo mismo, la casa llena de cientos de libros que me gustaría leer algún día y aún tengo pendiente la novela que ha escrito un amigo -que he tenido que dejar aparcada muy a mi pesar – me he propuesto retomarla estas vacaciones, como que me llamo Laura. De nuevo tiempo.

¿Gadgets? Aunque me puedan llamar la atención, no me veo con tanta necesidad y la verdad, todo lo que lleve pilas lo veo poco ecológico.

¿Plantas?

No tengo espacio donde poner más.

¿Viajes?

Tendrían que alinearse los planetas. Tengo aún algún viaje a Londres pendiente desde hace años y sin tiempo de hacerlo.

En fin…

Que a ningún tonto le amarga un dulce, ¡está claro! Pero que nos creamos infinitas necesidades no necesarias (quizás para tratar de cubrir muchos vacíos interiores en nuestras vidas y engañarnos pensando que así, dándonos pequeños caprichos, somos más felices, cuando en realidad cuanto más grande el regalo, más patente se hace la distancia entre tú y tu felicidad).

Cuando visité Sudamérica hace años, recuerdo que en Uruguay mi tío nos llevó a ver a una señora que vivía en un pueblito cercano. Una mujer curtida por el sol, con más arrugas que una escarola. Orgullosa, nos enseñó su casa – por llamarla de alguna manera-: cuatro paredes con un tejado de uralita, un camastro de mala muerte, un fregadero y poco más. Pero la imagen de aquella mujer sentándose en una vieja silla de playa en el prado delante de su hogar mientras nos decía: “Yo aquí soy la mujer más feliz del mundo” sigue viva y la llevo muy dentro. Ese viaje fue una lección de vida y creo que después no volví a ser la misma: llegué de nuevo a Europa un mes después y todo lo que hacemos a este lado del charco me parecía un auténtico derroche.

Con la edad esa imagen me vuelve cada vez más a la cabeza, sobre todo ahora que soy enormemente consciente de que tengo que luchar mucho a contracorriente si quiero educar a mi hija en los valores que me parecen esenciales.

No sé si me estoy volviendo “muy” anacoreta, o en realidad es que me resulta difícil seguir mis convicciones en esta sociedad cada vez más materialista.

Te propongo ser más consciente a la hora de regalar. ¿Y si aplicamos la ley de los 4 regalos a los niños, y la de un regalo a los adultos?

Feliz Navidad, pero de la de verdad.

Foto: Matheus Bertelli en Pexels

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Inés dice:

    Es cierto lo del consumismo, pero yo quitaría papa noel, pq ese señor rechoncho, risueño y encantador no es español y estoy un poco cansada de tanto americanizarnos, con lo bonito que es nuestro idioma y nuestras tradiciones.

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    1. Sí, Inés, estoy de acuerdo. Papá Noel lo único que ha hecho ha sido traer más leña al fuego al asunto. O como se dice en mi pueblo: “por si éramos pocos, parió la abuela”. Nos hemos creado la excusa de que “así los niños tienen tiempo para disfrutar de los regalos”, pero creo que es precisamente todo lo contrario. Cuando de pequeños nos venían los Reyes y teníamos que volver al cole, estábamos deseando llegar a casa para jugar con aquel juguete nuevo. Hoy en día, probablemente para el día 6 ya se han aburrido entre tanta variedad. Gracias por comentar! xx

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