Laberinto – Capítulo I

(sin música)

Otro día más. Otra noche más. Otra semana más. Y otro mes más. Cuatro ya. Cuatro desde la última vez que la toqué, que la sentí. Han pasado tan rápidamente, y a la vez ha sido todo tan lento…

Sé que la estoy perdiendo. Me siento como aquel superhéroe que va perdiendo fuerzas y no tiene kriptonita para recuperarse. Quizás me equivoqué y nunca debería haberme comprometido de esta manera. La quiero y creo que soy feliz a mi modo, que tengo todo lo que buscaba en la vida. Pero ella no parece contentarse: sus reproches me invaden, se han hecho rutina en nuestro piso de alquiler, aquel que con tanta ilusión pasamos meses buscando, y que quisimos decorar poco a poco, a fuego lento, como todo lo que se hace con confianza, ilusión y ganas. 

¿Aspiraba ella a demasiado? ¿Veía en mí al chico que no soy? ¿Por qué al principio era todo tan sencillo? Nada suponía un esfuerzo: podíamos pasar noches enteras hablando, escribiéndonos… Al principio pendientes de una llamada, un mensaje, un gesto. Luego pendientes de una cita. Era capaz de remover el mundo por estar a su lado.

Me interesaba todo de ella. Apreciaba todo su valor como el relojero que con lupa admira la belleza y el mecanismo interno de un reloj suizo, lo saca de su funda, lo acaricia, lo mima, se deleita, le pasa un trapito para limpiarlo y lo vuelve a dejar con cuidado en su vitrina hasta el día siguiente. 

Pero ahora estoy muy cansado. Todo me cuesta. Me cuesta hacer planes en común, me cuesta hacer cosas que no me interesan ni tienen que ver conmigo. Me cuesta hacer cosas para ella, -aunque sean de nuestra casa, pero a las que yo no encuentro ninguna necesidad- o cosas para su familia:  “Carlos, tienes que hacer esto y lo otro…” “Cuando vayamos a casa de mis padres, acuérdate de mirarles el ordenador y lo del cuadro de la entrada, por favor”. Me siento como un chico de los recados. Y yo paso mucho de estos temas.

Y es que lo que no te dicen cuando te enamoras hasta las trancas (y nadie tiene las pelotas de recordarte) es que vas a tener que lidiar con SU FAMILIA, unos señores muy cordiales, educados y comedidos… hasta que entras en el núcleo familiar a fuego (cuando ya te sabes los malos rollos y conflictos internos debidos a temas tan diversos como el cuñado perverso o la orientación sexual de la hermana pequeña y el cisma sobre si decirlo abiertamente en la familia o no). Pues eso: que la confianza da asco. A ver, no es que me dé asco, pero no soy una persona de conversación fácil y las relaciones me cuestan. Que digo yo que ya tengo bastante con la hija como para cargarme también con los padres, sus dos hermanas… y su mejor amiga con la que tiene largas conversaciones todas las semanas.

No sé qué le pasa, pero en realidad hace algo más de un año que no es la misma. Sé que no puede ser nada grave; me lo habría dicho. Y confío en ella. Ahora que lo pienso, yo tampoco la he preguntado. Pero mejor no hacerlo, por si acaso. Yo aquí agazapado y pasando desapercibido, no se vaya a revolver todo y esto acabe en desastre.

Ya bastantes reproches me caen durante la semana por una cosa o por otra como para meterme en más camisas de once varas. No, no quiero abrir la caja de Pandora con Gema. Además, si necesita expresarse, lo hará. Sí. Hablará conmigo tarde o temprano. Y yo, como siempre, trataré de no contestar y llevar la fiesta en paz. Mejor que salga de ella. Además, ¿qué podría decirle?

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