Súbita despedida

(Versión larga)

“Incompatible con la vida” – Así determinaban los médicos el alcance de tu lesión este lunes. 

Es muy duro escuchar esas palabras refiriéndose a una de las personas más vitales que he conocido y probablemente conoceré.

Es difícil aceptarlo cuando tus recientes pruebas médicas te habían dado resultados excelentes y te encontrabas con energía y con mucho aún que disfrutar y aportar.

Es incomprensible cuando menos de 24 horas antes un domingo más, habíamos estado contigo y te habíamos visto deleitarte primero con la comida de mamá (“voy a repetir, porque esto está buenísimo, y si me muero… ¡que me entierren!”, habías dicho con una gran sonrisa), después con el documental sobre la fauna africana que te apasionaba, y finalmente con el fuerte achuchón que te había dado tu sobrina-nieta al despedirse de ti (“qué rico me ha sabido el achuchón de hoy, Julia”).

Te tenías que marchar de este mundo de la forma en que lo hacías todo: con gestos pequeños y humildes, pero de repercusiones muy grandes; con tu gran poder de observación y tu aprecio por las cosas bien hechas; con tu cabezonería y tu punto un poco temerario, sí; pero siempre con tu concepto de servicio y ayuda a otros.

Fascinado con tus gafas

Da igual su forma, la muerte siempre pilla por sorpresa, pero cuando es por caer de una escalera de mano, alguien que ha vivido su vida como tú, es algo más chocante todavía.

Ironías del destino que debemos aceptar: más de 50 cólicos nefríticos, 5 operaciones de riñón, alguna de corazón, infartos, hernias varias, injertos y chapas en la columna, paludismo y un quiste de amebas en el hígado no habían podido contigo. Decías orgulloso que en tu cuerpo había más de 80 cm de cicatrices de bisturí. Eras como el gato de siete vidas, ya lo demostrabas desde pequeñito, cuando según tu hermana, con 9 meses empezaste a andar y conseguiste trepar los peldaños de una escalera de pinos. La cabra tira al monte y tus genes pasiegos no podían más que llevarte por las alturas y siempre te llevaron:

Y a pesar de que nos dejas, me alegra saber que tuviste una vida plena, que hiciste lo que querías hacer: estar con los demás, ayudar y acompañar a través de Dios. Y en esa vida plena tuviste decenas de facetas aparte de la principal, que era la religiosa: fuiste niño travieso (de los que trepaba a los árboles para robar la fruta del huerto del vecino), ganadero, agricultor, pescador, carpintero, mecánico, jinete, esquilador de ovejas, ebanista, marinero, motero, ciclista, tramoyista, bricolero (“Pepe Gotera y Otilio”, como te solías autodenominar), profesor, contable, antropólogo, filósofo, jardinero… Seguro que salen muchas más.

Eras un pasiego especial, un hombre del Renacimiento humano, intrépido, ingenioso. Que le pregunten a la gente que compartió vivencias contigo en Lamadrid, Comillas, Valladolid, Salamanca, Tchad, Camerún, Uruguay, Pedreña…: eras todo un experto en solucionar problemas con pocos recursos. Ahora lo llaman innovar. Yo creo que se trata más de tener menos cosas materiales y más tiempo para pararse a pensar.  Y eso lo llevabais haciendo tú y tus compañeros muchos años…

Últimamente, además, eras escritor. 

El aprecio por tu historia vital me llevó a pedirte en varias ocasiones que escribieras tus memorias, porque eran dignas de ser contadas. Y después de mucho insistir, hace unos dos años por fin te soltaste y te pusiste con ello. Me escribías un email como excusándote. Me decías:

“Por fin me he puesto en plan romántico y he empezado a escribir algo. Te lo mando para que te rías un rato y veas si merece la pena y el esfuerzo seguir “haciendo memoria” para la posteridad”.

Te contesté rápidamente con el “por supuesto que merece la pena” más grande que pudiera imaginar. Esas memorias las empezabas humildemente con este párrafo:

“Sin pretensión alguna, sino con la única intención de recordar “cosillas” y andanzas personales para que mi sobrina Laura satisfaga un poquito la curiosidad de saber cómo fue su “tío jesuita” en su infancia y juventud y esa otra parte de la tribu “Escudero” de la que ella es parte en el presente y en el futuro a través de su hija Julia. Bueno, como para que tenga algo que contarle a Julia y ésta vaya echando raíces en este terruño de la familia.”

¡Y qué bien lo hacías! Contabas tu historia con esa cercanía y sentido del humor tuyos tan característicos: cómo Severín te invitó a ir a la escuela, cuán cariñosamente te acogió Don Benigno, cómo ibas a pescar con tus amigos Cardo o Fermín Trueba, o te enredabas en los juegos y pillerías de Severín, Sotero, Kili… cómo desafiabas al “trenucu” con la yegua Cuca o ibas a por harina al molino del Sr. Manolo, la sensatez de tu madre y los “chaparrones” que te caían de tu hermana Manolita, alias “Madame Soleil”, que siempre nos llevó a todos por el buen camino. En fin…

Cuando era pequeña y un poco díscola, y en mi edad del pavo, cada vez que venías a casa de tus viajes eras el toque de atención. Pero lo hacías tan bien, que todos esos miedos se me quitaban. Disfrutaba como una enana mi tiempo contigo, como Julia lo hacía ahora.

Supongo que de aquellos picnics en mitad del campo con un mantel y un bocadillo saco este gusto mío tan profundo por las comidas sencillas al aire libre, que me saben mejor que cualquier restaurante de Estrella Michelín.

¡Tantas cosas hemos vivido juntos!

El viaje a Portugal con mamá y el periplo que nos hiciste dar en la ruta para encontrarte con unos amigos de Camerún.

Nuestros ratos de playa y aquella vez que estábamos gozando del agua en la Primera del Sardinero y casi nos lleva la corriente, que cambió en cuestión de segundos.

O cómo me hiciste vencer la timidez y abrirme al mundo llevándome unas semanas contigo a la parroquia a Valladolid y presentándome a un montón de gente que me sacaba los colores y se metía con “la de Santander”.

En Salamanca disfrutamos de paseos y charlas trascendentales, me llevabas a aquella biblioteca de escalera de caracol con tesoros de libros antiguos y polvorientos.

No pudimos ir a verte a África, pero lo hicimos a Uruguay, y ahí te pude ver en acción: cómo ayudabas, acompañabas y sostenías a comunidades enteras, gente que, sin tener absolutamente nada, viviendo en casas muy humildes, era feliz y rica de espíritu y te invitaba a entrar en su chabola con orgullo y alegría.

A la vuelta del mes en Sudamérica, el estilo de vida en Europa se me antojaba banal y sin sentido: el materialismo, las prisas, las apariencias, el no escucharse… Todo lo que contabas o enseñabas con el ejemplo se hacía palpable. Ahora entendía de verdad por qué siempre te había visto viajar ligero de equipaje, con un maletín medio cargado en el que cinglaban un par de mudas, un libro de crucigramas y una pluma, una radio con cascos y tu medicación. Eso era todo lo que necesitabas para acudir allá donde se te requiriera, con esa despreocupación de saber de verdad que estamos aquí de paso.

Podría contar muchas cosas más, pero me hubiera gustado que las contaras tú.

Es una pena que esas memorias que con tanta ansiedad esperábamos algunos, hayan quedado inconclusas. ¡Todo lo que habríamos disfrutado leyendo sobre tus andanzas por África! Me conformaré con algunas fotos y anécdotas que nos contaste de aquella época, y con esos atardeceres espectaculares que llevo imaginándome a través de tus palabras desde que tengo uso de razón.

Eras mi confidente, mi amigo, mi guía. Y no solo mío, también de cientos de personas más, repartidas por los continentes: solo unos pocos de ellos estamos aquí hoy. Por eso dejas un vacío muy grande, porque creaste una inmensa familia a tu alrededor allá por donde fuiste. Por eso, hoy podría estar aquí arriba cualquier “hermano”, porque a todos calaste de una forma especial. 

Las memorias las dejaste incompletas, y no pudiste ver crecer más a Julia, con la que se te caía la baba (y que te va a echar muchísimo de menos), pero quiero pensar que era el momento adecuado, que te ibas cerrando un ciclo, con una estructura “ordenada”: empezaste a andar por una escalera de pinos y bajaste de otra para despedirte; tu primer examen en tu vida jesuita lo hiciste en el Centro Loyola de la Calle San José de Santander y aquí has hecho el último.  Para mí, tu vida fue tan completa y perfecta como el hombre de Vitruvio de Da Vinci. Multiplicaste tus dones y les sacaste jugo para enriquecernos a los demás. 

Hoy mi música es alegre, porque, al igual que las homilías de las misas funerales que oficiabas, quiero celebrar tu vida y el haberte podido conocer. (Coldplay: Sky full of stars)

Has sido un verdadero regalo, y te despedimos sabiendo que estarás cuidando de nosotros desde un alto, quizás una de esas colinas sobre la pradera africana al atardecer. 

¡Gracias!

P.D.: Si alguien me quiere ayudar, me gustaría que me enviarais anécdotas que tengáis con él para recopilarlas. Pongo a vuestra disposición mi dirección de email por si queréis escribirme.

ladywritersdr@gmail.com

6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. José Manuel Abascal dice:

    Hombre disciplinado, trabajador infatigable, modesto, sencillo…Conservo su recuerdo como el más noble legado que pudo aportar a mi vida, simbolo honrado de su honrada vida. Mi hondo afecto por él rebasaba la devoción de ser más que mi primo. En su caso, puede afirmarse que el hombre justo no debe dejar más herencia que su ejemplo. Su generosa influencia constituyó una excelente escuela pues de él aprendimos todos esos valores que a él le hicieron grande, como la colaboración siempre desinteresada, la amistad, el sufrimiento,, la adversidad y la cosideración mutua. Concluyo y repito, me gustaría Laura que estas lineas figuren en ese magnífico relato que has descrito, como testimonio y homenaje devoto que su primo y amigo quiere rendirle al maestro que fue leal y admirado por todos. Con mi sincero agradecimiento hacia una persona poseedora de una calidad humana ejemplar….Antonio GRACIAS Y DESCANSA EN PAZ!!

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  2. Sonia Martínez dice:

    Queridísimo Antonio Escudero te has ido pero permanecerán siempre en mi corazón!! Desde Tacuarembó URUGUAY

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  3. Lourdes Helguera dice:

    Querido Padre Antonio,que tu alma descanse en la paz del Sr,rezamos por ti!! Como todo sacerdote que pasa por nuestras vidas deja las huellas del amor de Cristo,en los corazones de los feligreses .Tacuarembo.Uruguay.

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  4. Rubén Bustamante dice:

    Te has ído pero dejas una huella en todos los que te conocimos indeleble. Pasiego de San Pedro del Romeral, sacerdote, misionero y Jesuita universal.

    Los brazos del PADRE te acogen y allí estarás en la Compañía de JESÚS para siempre.

    Un abrazo

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    1. Katia dice:

      No sabes el vacío que nos has dejado Antonio. Sólo nos queda pensar que desde ahí arriba nos cuidas con esa sonrisa que nunca olvidaremos. Gracias por dejarnos esa huella de cariño en nuestros corazones. Descansa en paz.

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  5. Gloria Martínez dice:

    Va por ti Antonio Escudero Por tu honestidad,tu sinceridad y tú alegría ,porque dejas un mundo mejor .Me gustó mucho encontrarme contigo en el camino de la vida .Que dónde estés seas Feliz y que lo que has sembrado crezca https://www.youtube.com/watch?v=YysqP9yCgjw

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