Aprender del equilibrio natural

Hoy salía corriendo del trabajo para coger el bus y llegar a tiempo al fisio. Después de una mañana en la que las noticias del coronavirus se solapaban en la oficina, allí en la parada, me daba por pensar: parece que la vida nos comienza a zarandear, a hacernos conscientes de lo que tenemos y no valoramos, a poner las cosas en perspectiva, a plantearnos qué es lo importante.

Y, reflexiones sobre si lo que nos viene es mejor o peor aparte, -ahí no entro-, se me ocurrió también pensar que quizás, de alguna manera, esto era algo que llevábamos necesitando como humanidad: volver a las cosas básicas, sentirnos pequeñitos como parte de un todo en el que, si una fracción se va al garete, el efecto mariposa nos afecta a los demás.

Y digo lo de pequeñitos porque la inteligencia y el progreso, que son estupendos cuando se utilizan para el bien, nos vienen de un tiempo a esta parte haciendo creernos invencibles, insuperables, todopoderosos.

Y resulta que somos falibles y débiles, hasta tal punto que un “virusito”, algo microscópico, nos hace plantearnos nuestra existencia completa y colapsa nuestro status quo y nuestro regodeo.

Volver a lo esencial, a la caverna; pero no a la de Platón, sino a la del hombre primitivo, cuyas necesidades básicas no estaban cubiertas, y donde seguramente no había lugar para la depresión, se seguía un orden lógico y se atisbaba el concepto propio del hombre como ser y algo mayor aún a él.

Por eso me ha sorprendido recibir al llegar a casa un WhatsApp con este texto que se le atribuye a un psicólogo italiano, F. Morelli. Creo que yo no lo podría explicar mejor, así que aquí lo dejo, para que cuando pase esta situación quede, y podamos todos echar la vista atrás, porque esto nos va a cambiar, porque debemos aprender.

Porque, como decía Neruda: indefectiblemente nos encontraremos a nosotros mismos.

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“Creo que el universo tiene su manera de devolver el equilibro a las cosas según sus propias leyes, cuando estas se ven alteradas. Los tiempos que estamos viviendo, llenos de paradojas, dan que pensar…

En una era en la que el cambio climático está llegando a niveles preocupantes por los desastres naturales que se están sucediendo, a China en primer lugar y a otros tantos países a continuación, se les obliga al bloqueo; la economía se colapsa, pero la contaminación baja de manera considerable. La calidad del aire que respiramos mejora, usamos mascarillas, pero no obstante seguimos respirando…

En un momento histórico en el que ciertas políticas e ideologías discriminatorias, con fuertes reclamos a un pasado vergonzoso, están resurgiendo en todo el mundo, aparece un virus que nos hace experimentar que, en un cerrar de ojos, podemos convertirnos en los discriminados, aquéllos a los que no se les permite cruzar la frontera, aquéllos que transmiten enfermedades. Aún no teniendo ninguna culpa, aún siendo de raza blanca, occidentales y con todo tipo de lujos económicos a nuestro alcance.

En una sociedad que se basa en la productividad y el consumo, en la que todos corremos 14 horas al día persiguiendo no se sabe muy bien qué, sin descanso, sin pausa, de repente se nos impone un parón forzado. Quietecitos, en casa, día tras día. A contar las horas de un tiempo al que le hemos perdido el valor, si acaso éste no se mide en retribución de algún tipo o en dinero. ¿Acaso sabemos todavía cómo usar nuestro tiempo sin un fin específico?

En una época en la que la crianza de los hijos, por razones mayores, se delega a menudo a otras figuras e instituciones, el Coronavirus obliga a cerrar escuelas y nos fuerza a buscar soluciones alternativas, a volver a poner a papá y mamá junto a los propios hijos. Nos obliga a volver a ser familia.

En una dimensión en la que las relaciones interpersonales, la comunicación, la socialización, se realiza en el (no)espacio virtual, de las redes sociales, dándonos la falsa ilusión de cercanía, este virus nos quita la verdadera cercanía, la real: que nadie se toque, se bese, se abrace, todo se debe de hacer a distancia, en la frialdad de la ausencia de contacto. ¿Cuánto hemos dado por descontado estos gestos y su significado?

En una fase social en la que pensar en uno mismo se ha vuelto la norma, este virus nos manda un mensaje claro: la única manera de salir de esta es hacer piña, hacer resurgir en nosotros el sentimiento de ayuda al prójimo, de pertenencia a un colectivo, de ser parte de algo mayor sobre lo que ser responsables y que ello a su vez se responsabilice para con nosotros. La corresponsabilidad: sentir que de tus acciones depende la suerte de los que te rodean, y que tú dependes de ellos.

Empecemos a pensar en qué podemos aprender de ello.

Dejemos de buscar culpables o de preguntarnos porqué ha pasado esto, y empecemos a pensar en qué podemos aprender de todo ello. Todos tenemos mucho sobre lo que reflexionar y esforzarnos. Con el universo y sus leyes parece que la humanidad ya esté bastante en deuda y que nos lo esté viniendo a explicar esta epidemia, a caro precio.

(Cit. F. MORELLI, traducido al español)

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