Videollamadas y balcones

Música de hoy: Sergio Dalma – La vida empieza hoy

Qué diferentes las videollamadas de trabajo de las que ahora hacemos por necesidad de contacto, por distancia, por lejanía física -que no mental-.

Era normal que se les hubiese echado el tiempo encima. Lógico, si se tiene en cuenta que su amistad se había fraguado 19 años atrás y que, llevando bastantes meses sin hablar, tenían que ponerse al día. Para colmo, él se había hecho amigo de una copa de vodka & tonic hacía un rato, que le hacía hablar todavía más, sin pausa y con prisa. Pero bajo su visera azul se le notaba triste.

Ella se dio cuenta inmediatamente -se fijaba mucho en los detalles-, y se alegró de haberle enviado unos días atrás aquel mensaje para quedar con él y verse las caras.

La última vez que habían hablado, él se acaba de mudar de Londres a Lisboa. La capital era la novedad, y aunque no se había adaptado al nuevo sitio, la ilusión por lo inédito le hacía ver todo con el filtro de lo maravilloso: una ciudad acogedora, gente amigable, seguía disfrutando de su trabajo, a quince minutos de su apartamento, y vivía cerca de la playa. La vida parecía sonreírle.

Y a los ocho meses, la pandemia. Lejos de casa, sin haber establecido aún relaciones demasiado cercanas, solo en Lisboa.

Ahora los portugueses ya no le parecían tan sociables. Ahora no podía salir de casa. Nadie salía a aplaudir a ninguna hora, o a darse ánimos. Ahora, después de 15 días de encierro, pensaba que quizás tenía que haber intentado volver a su país, con su familia. Pero era tarde. Y en cualquier caso, la situación de su país no era lo que se dice óptima precisamente.

Ella le daba la razón en todo y le escuchaba. Hablar con él siempre la transportaba a aquel pueblecito inglés donde se conocieron y empezaron a congeniar. Nacionalidades distintas pero hermanadas, arte e historia con solera, idioma parecido, formas de relacionarse con la gente y la gastronomía muy similares…

Cuando su chico la había dejado enferma y durante una semana más tirada que una colilla de barra de bar, él se había desplazado a verla y llevarle unas lentejas cocinadas, aderezadas con mucho ánimo y buena conversación. Ella nunca lo olvidaría.

Pues eso… les había llevado tiempo ponerse al día. Por eso les sorprendieron los aplausos. Ella miró el reloj y vio que sin darse cuenta habían dado las 8:00. Hora de salir al balcón. En vez de dejar la llamada, le dijo a él que le iba a enseñar la que se montaba en su patio de manzana.

Sacó su móvil al balcón y él pudo recibir todo el calor de aquel aplauso de desconocidos: los vecinos que animaban el evento diario pinchando la música, las personas típicas del barrio de toda la vida, los recién llegados, el padre del pianista que se fue al extranjero en busca de trabajo decente, la amiga del cole que vivía enfrente y con la que se comunicaban todos los días, los vecinos de su madre a los que saludaba por la ventana…

Y se emocionó.

Dedicado a mi amigo Nick. ¡Forza Italia!

Imagen: mvp en Unsplash

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