Los adioses no dados

Música de hoy: Linkin’ Park – What I’ve done

Hoy me han dado una pésima noticia.

Ha fallecido alguien que apenas conocía, el familiar de una persona muy querida y siempre entrañable para mí.

Ponte en la situación:

Imagina que eres sanitario y estás en primera línea, directamente trabajando con personas que mueren de covid-19.

Ahora imagínate que tú también coges el virus, así que te confinas en una habitación de tu casa, mientras tu marido sale a comprar y demás.

Tú te vas recuperando, pero de repente, él, con 58 años, empieza a encontrarse mal… tan mal que cuando sale para el hospital no piensas en que esa será la última vez que lo veas.

No piensas que vuestra hija, que va a empezar sus estudios universitarios en otra ciudad el próximo curso, tampoco volverá a verle. Ni te imaginas que tendrá que luchar por un documento que la autorice a -ya que no ha podido acompañar ni despedirse de su padre en sus últimos momentos- asistir a su funeral.

Tampoco piensas en que tu madre, ya muy mayor, que ahora vive con tu hermana y que se pasa los días viendo las noticias del coronavirus y preocupada por ti y tu familia, no sabrá que su yerno ha fallecido.

Esto no es ficción. Por desgracia es una historia que se está repitiendo demasiado.

Marchas sin despedida. Muertes en soledad. Adioses no dados.

Pero mientras, mucha gente que aún no ha tenido la desgracia de sufrir el fallecimiento de alguien querido por este dichoso bicho, solo piensa en salir a tomarse algo con los amigos.

Entendedme, están muy bien esas ansias por contacto humano, por cercanía y conversación, por reuniones aplazadas durante demasiado tiempo. Yo también las tengo y las necesito como una terapia: calculo que tengo, a día de hoy, unos 1.496 cafés atrasados con amigos, conocidos, y gente nueva que seguiré conociendo. Pero me aguanto todo lo que puedo, porque la situación me parece seria. Y también me parece que, si no por empatía, al menos por educación y civismo, nos debemos un respeto los unos a los otros.

Que hagamos siempre el primer movimiento para esquivar a alguien por una acera sin esperar al último momento.

Que llevemos mascarilla aunque no seamos persona de riesgo.

Que no toquemos lo que no debemos (ni con guantes ni sin guantes).

Que nos cuidemos y cuidemos de los demás.

Se que algunas normas que se han creado en los últimos tiempos no tienen ni pies ni cabeza. Totalmente ridículas. Pero no me voy a amparar en la ridiculez para hacer de mi capa un sayo. Porque el pensamiento de: “si el Gobierno dice que ya podemos hacer esto o lo otro, por qué no lo voy a hacer” (como si el Gobierno hubiera dado muestras de eficacia y criterio durante lo que llevamos de crisis) no debería ser excusa.

“Todo el mundo piensa en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”

A falta de un criterio consensuado e inteligente, por favor, seamos conservadores con las expectativas del desarrollo de todo esto. No juguemos con la vida de los demás.

Hace unos días, en la fase 1 de desescalada de esta situación, veíamos cómo la policía desalojaba a decenas de personas en un bar de Santander (y de unas cuantas ciudades más también).

Y este tipo de cosas son las que me hacen hervir la sangre y pensar que como especie nos deberíamos extinguir (y algunos están consiguiendo que nos extingamos).

El problema es que paguen justos por pecadores. Y que la gente responsable, luchadora y valiente, como esta sanitaria, tenga que sufrir ese drama brutal que no se merece.

Esos dramas que no se merecen.

D.E.P.

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