Las pequeñas acciones

Música de hoy: Otis Redding: (Sittin’ On) The Dock of the Bay

Escribí este post hace dos años… y hoy alguien me ha hecho acordarme de él y publicarlo finalmente.

Me gusta pensar que todos y cada uno de nosotros podemos hacer algo, por muy pequeño que sea, en pos de un mundo mejor. Hace un par de meses me lié la manta a la cabeza, bajé al chino, compré brocha y pintura, y me dispuse a bajar a la calle a tapar una pintada en la pared justo enfrente de mi portal que llevaba meses (algún año también) sacándome de quicio.  

Ahora, como decía en uno de mis últimos posts Murphy o cómo las casualidades se agolpan en nuestras vidas, mi hija lee y no quería tener eso todo el día delante, así que bajé con ella y entre las dos pasamos un rato agradable haciendo algo positivo por el vecindario y echándonos unas risas.

El resultado: conversaciones con vecinos que pasaban y se ofrecían a ayudar, felicitaciones y… la pared sigue blanca dos años después. 

Hace tiempo conocía en un curso a Mauri, la persona que aparece en este vídeo. Me pareció un bonito gesto.

Volviendo a 2020…

El confinamiento ha sido duro. Pero en mi patio de manzana, una especie de microcosmos donde mucha gente se conoce, los aplausos de cada tarde a las 8 en el balcón han sido más que un simple gesto.

Marcelino, que con 80 años avisaba al vecindario de la hora con su toque de corneta, cual almirante Boom de Mary Poppins, pero siempre sonriente y aprovechando para tener su rato de conversación por la ventana con algún vecino.

O mi amigo Jorge, que todas las tardes durante más de 50 días puso a tope los bafles de su salón para llenarnos con sus minutos de música, respondió a peticiones musicales de algún que otro vecino e incluso felicitó algún cumpleaños desde su balcón a alguna desconocida.

Gracias, Jorge.

O mi amiga María, su mujer, que saludaba y hablaba con todo el mundo que podía desde el balcón, aunque no se conocieran, fomentando el buen rollo de barrio y lanzando vítores a los colectivos que siguen al pie del cañón.

O Javier, que estuvo haciendo directos todas las noches en su facebook, leyendo el texto que escribía cada día a partir de las dos palabras que un elegido de entre el público sugería, llenándonos de historias tiernas, divertidas, surrealistas… Haciendo que nuestra mente se adentrara en otros mundos y otras pieles que nada tenían que ver con la pandemia.

O Rita, mi profesora de teatro, que es una crack y a pesar de la que nos cayó, apostó por sus alumnos, y transformó una clase semanal de 3 horas en día sí y día también de comunicación, sesiones online y apoyo para sacar adelante las propuestas que teníamos intención de poner en pie unas 20 personas ahora en mayo.

(Por cierto, qué importante es el arte, la cultura, la música, la danza, el teatro… Y en tiempos de crisis aún más: nos ayuda a salir del atolladero humano en el que se convierte la vida. ¡Que nunca nos falte!)

Así que inspiraos y compartid vuestras buenas acciones, por insignificantes que parezcan. Porque una acción enciende la llama de otra y lo convierte en una cadena.

Aquí comparto la de Javier, el escritor, cuya última iniciativa (una limpieza colectiva) me ha hecho recordar este post que había empezado a escribir hace dos años, y que se había quedado, como muchos otros, en borrador.

Porque como decía Gandhi, “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”.

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