Cuando no tienes el día…

Música de hoy: Journey – Don’t stop believing

Me considero una persona positiva. Temperamental, sí, pero positiva: siempre intento relativizar. Siempre intento encontrar el lado de aprendizaje a las cosas que pasan. Incluso reírme de lo retorcido de las casualidades como hacía aquí. Siempre intento recargar energías y volver a ver las cosas a través del cristal de la esperanza. Una y otra vez. Porque sin esperanza no volvería a levantarme.

Pero confieso que a veces entro en bucle. Acabo agotada. Como diría un amigo: “me bajo de la vida” o una compi de teatro en nuestra escena: “me cannnnnsa la vida”.

Y la situación actual no ayuda para mi agotamiento crónico: ¿Cómo es posible tener cada vez más rutinas y que cada vez tu vida diaria se vuelva más caótica? Paradójico, ¿verdad? Pues ahí estamos, capeando el temporal. A mí que alguien me lo explique…

El teletrabajo está bien. Está fenomenal. De hecho yo, que trabajo mejor con silencio absoluto o con una música adecuada sin ruido de fondo, estoy mucho más centrada y tengo más ideas desde que estoy en casa. Me siento más productiva.

A las 8:00 am en silencio absoluto y fresca como una lechuga (a pesar de despertarme 15 veces en la noche) estoy a tope de energía.

Pero claro, el tema de WFH (working from home) con niños… es un todo un reto. Y confieso que lo he llevado muy bien hasta hace poco, porque la niña es buena, aplicada…

Recuerdo que, al principio del confinamiento, entraba vestida al salón, con su diadema y su mochila. Abría la puerta, decía “buenos días” con una gran sonrisa como si entrara en la clase, en plan teatrillo, y se sentaba en su mesa a hacer las tareas del día.

Tengo la gran suerte de que le gusta mucho leer, así que, si acababa las tareas antes de mi hora de fin (las 14:00), se cogía un libro, se tumbaba en el sofá y hala! a leer uno detrás de otro.

Pero de un tiempo a esta parte, las cosas han cambiado un poco. Pensé que el hecho de salir a la calle iba a ser positivo. Pero empiezo a pensar que no lo era tanto. Me explico: cuando finalmente se nos dijo que podíamos salir a la calle, Julia no quería, decía que le daba miedo. No se fiaba. Y es lógico. Cualquiera lo entendería: te han dicho hasta la saciedad que no se puede salir porque hay un bichito suelto, etc. etc. y en fin… No sé si os habéis fijado, pero los niños son de todo menos tontos. Y como ella es bastante casera, tuvimos que “trabajar” el tema salir de nuevo a la calle. Acabó pasando por el aro, pero a su vez desarrolló una regresión, que era el miedo a ir al baño o a su cuarto sola.

Y claro, cuando estás en mitad de una videollamada y tu hija te reclama y casi te exige que la acompañes al baño porque se hace pis… Pues no, no tengo paciencia de santo Job y se me hace complicado de gestionar. (Aún así, creo que estoy más centrada que en la oficina, porque el tiempo que me resta la niña es mínimo. Pero es verdad que si en ese cóctel de su impaciencia y mi “estoy trabajando, ahora no puedo atenderte” se me cruza el cable y le pego cuatro bufidos… Pues eso no ayuda a las relaciones).

En cualquier caso… acabo más tarde de mi hora. En ocasiones bastante tarde. Y, tenga comida hecha o no, me encuentro con que la mayoría de los días acabamos comiendo a las 15:30, demasiado tarde para la niña.

Comer y recoger la cocina: media hora. Pero tengo que contar con que a eso de las 4 pm mi padre espera que le llame y que la niña se ponga (a quien depende de cómo tenga el día, unas veces le apetece más hablar y otras menos). Después llamo a mi madre. Y después hay que salir a la calle con la niña en su hora de salida.

Pero aquí viene otro inconveniente: a Julia siempre le cuesta horrores prepararse para salir. Así que nos pueden dar tranquilamente las 17:30/18:00 cuando la tengo ya vestida, medio peinada y preparada para salir. Una odisea ridícula, sí. Pero un día sí y otro también durante semanas, meses y años me cannnnsa lo que no está escrito.

Salimos a la carrera, (si hace bueno a hacer ejercicio con la bici o los patines), pero casi siempre acabamos aprovechando para hacer algún recado.

Vuelta a casa, ducha y cena… también con mucha parsimonia y pocas ganas de irse a la cama.

Entre unas cosas y otras me suelo sentar en el sofá a las 22:00/22:30 dependiendo del día. Y a las 23:30 debería acostarme porque después tengo comprobado que duermo peor.

(Lo sé, son las 00:25 y no tiene pinta de que vaya a acabar este post pronto).

Y esta es mi vida. Entre semana, agotadora. Echo de menos los cafés con amigos, sé que ahora ya puedo hacerlo, pero me refiero a los cafés sin niños de vez en cuando.

Y hoy…

Hoy la niña se puso farruca. Le vino el soniquete del “no, no, no” y entiendo que hay que tener más comprensión de lo normal con ellos por la situación excepcional, etc. pero acabé tan saturada que cogí los patines, el coche y me fui al carril bici del aeropuerto a patinar, aprovechando que ahora no hay aviones en la costa…

9 kms después me sabía a poco. Me quité los patines. Me senté al borde del mar, oliendo el salitre, viendo el paisaje. Haciendo nada: solo escuchando música, respirando, viendo cangrejitos… Normalmente ejercicio + paisaje + música me sientan de lujo, pero no he cargado pilas al 100%, no sé por qué.

¿Será que me aterra la idea de un verano como hoy? ¿Será que estoy harta de los bucles y las rutinas obligadas? ¿Será que me falta algo? ¿Será que llevo mucho sin ir a mis clases de teatro y desestresar un viernes por la tarde?

En cualquier caso, la respuesta a estas preguntas se la dejaremos a la Laura del 3 de junio, que la del 2 ya está en el limbo de la noche y la madrugada y quiere irse a la cama pensando, a lo Escarlata O’Hara, que “mañana será otro día” con la música de Journey en la cabeza, que nunca falla.

Foto: Ran Berkovich en Unsplash

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