Una cucharada de Marlango: notas que sanan

Música de hoy: Gino Paoli – Senza fine

Últimamente no duermo mucho. Uno de mis achaques que acumulo a los 41 y que contaba aquí.

Y no es que no duerma porque no hago nada durante el día, no; no duermo a pesar de no parar durante las horas de luz.

El lunes, sin ir más lejos, me di cuenta de que no había parado desde las 7:15 hasta las 22:15 (literal). Non-stop. Y esto es algo que pasa más a menudo de lo que me gustaría. El “dolce far niente” no sé lo que es. La pandemia de las madres. Y ahora, si le añadimos “era mascarillas”, ni te cuento.

Y con un verano a las espaldas poco movido, poco social y sí con muchas precauciones, el otro día vi que actuaba Marlango en la terraza del Palacio de Festivales.

Como a mi marido no le apetecía ir, allá que cogí una entrada para mí solita. En una esquinita alejada lo más posible del resto de asistentes.

No es que lo hiciera a última hora, no: todavía quedaba alguna entrada más. Podía perfectamente haber hecho un llamamiento entre mis contactos por si alguien quería ir conmigo, seguro que alguien habría salido.

Pero es que aproveché el momento para estar sola, conmigo misma, como antaño, olvidándome del resto del mundo durante hora y media.

90 minutos de estado de flujo y placer gracias a la música. A la buena música.

Qué maravilloso concierto.

Piano y canto a bocajarro y en estado puro, sin colorantes ni conservantes, sin aditamentos: la impresionante y perfecta voz de Leonor Watling y el magnífico piano del santanderino Alejandro Pelayo unidos para tocar antiguos temas de Marlango (“Hold me tight”, “Dame la razón”, El veneno”…), y versiones muy personales de canciones míticas: “20 años”, “Semilla negra”, “Nature Boy”, “Ay pena, penita, pena”…

Pero la que me sorprendió y me encantó escuchar fue “Senza Fine” de Gino Paoli.

Una canción que me marcó desde que la conocí en la banda sonora de una de mis películas favoritas (“Mi vida sin mí, de la GRANDE Isabel Coixet), con Sarah Polley y Mark Ruffalo (me enamoré de este hombre en este personaje) escuchando cintas bajo lluvia torrencial y queriéndose entre libros apilados en el suelo. (No se nota nada que me gusta mucho, verdad?)

Película, en la que, ¡casualidad! también salía la Watling. Si es que cuando una hace todo bien… qué suerte. Qué portento de mujer…

En fin. Que seguro que a todos los que estaban allí, como a mí, no les importó que por pronóstico de lluvia nos relegaran de la terraza al “taller” del Palacio, en vez de colocarnos en una de las salas del teatro.

Y no nos importó porque, cuando hay tan buen rollo, risas, humildad y tanta calidad, la música sana y resuena de camino a casa. Y el tiempo se para.

Porque no hay ayer, no hay mañana, todo es ahora.

Volved pronto…

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